Revelaciones en la alcoba nupcial

Más tarde, mientras yacíamos juntos, pareció natural que yo apoyara mi cabeza sobre su pecho y que él me rodeara con sus brazos. Nos sentíamos a gusto. Habíamos perdido gran parte de nuestra rigidez original en la excitación compartida y la novedad de explorarnos mutuamente.

—¿Fue como lo imaginabas? —pregunté con curiosidad. Jamie rió y un ruido sordo retumbó en mi oído.

—Casi. Pensaba…, no, nada.

 —No, dime. ¿Qué pensabas?

—No te lo diré. Te reirás de mí.

—Prometo no hacerlo. Cuéntamelo. —Me acarició el cabello, apartando los rizos de mi oreja.

—Ah, está bien. No sabía que se hacía de frente. Pensaba que se hacía por detrás. Como los caballos, entiendes.


Tuve que hacer un esfuerzo inmenso para cumplir mi promesa. 

Pero no me reí.


—¿No has visto nunca a dos personas hacer el amor? —Estaba sorprendida. Había visto las cabañas de los campesinos, donde toda la familia compartía una única habitación. Aunque la familia de Jamie no fuera campesina, no era muy normal que un niño escocés nunca hubiera despertado y encontrado a sus padres haciendo el amor a corta distancia.
—Sé que parece tonto —continuó como a la defensiva—. Es sólo que…, bueno, cuando se es joven, se meten ciertas ideas en la cabeza y se fijan allí.

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